Camino por la plaza principal, son las 17:45, caen una gotas tímidas mientras un viento del norte sopla, leve, un niño potosino que no pasa los cuatro años da vueltas alrededor de su latita en el piso, salta, mueve los brazos y la cabeza mientras el radio suena unas tonadas que parecen tinku. Lo veo y noto en sus ojos cansancio, lo hace (quizás) no por las monedas, sino porque siente la música en el cuerpo, se acerca una señora, se inclina y lanza un par de centavos mientras le acaricia la cabeza que la tiene forrada de un gorro típico de su pueblo, sonríe y comenta con la amiga que eso no debería pasar, no debería existir niños en las calles.
Como siempre está atrasada, quedamos a las 17:30, a veces llega demasaido tarde, ya casi me acostumbra su impuntualidad. Camino un par de cuadras, suena el celular, dice que se atrasará otros quince minutos. Voy por un helado, pienso que nada cambiará, seguiremos ese juego de buscarme cuando quiera y estar, yo, cuando pueda. Una canción de Lady Gaga suena por los parlantes del radio del puesto callejero que está en una de las aceras, de repente escucho seis latigazos que suenan a mi costado, un hombre se desploma mientras una chica de unos trece años grita asustada, todos nos ponemos pecho a tierra mientras tratamos de ubicar de dónde viene el sonido, un hombre de no más de treinta años avanza hacia el lado opuesto de la calle, arma en mano, se monta en una motocicleta donde lo espera otro individuo con un casco puesto, arranca y se pierden doblando por la esquina derecha.
Las piernas dobladas, se toca el pecho, la gente se amontona, gritos, ella, debe ser su hija pide que lo ayuden, por favor, los autos se detienen y un par de señoras lloran al verlo ahí tendido, con la boca abierta y un rojo opaco que mancha sus ropas, está echado tomándose con una mano el pecho. Fueron disparos, sin más que medie el ocaso estoy ahí de pie, sacudiéndome la ropa, veo dos huecos en la pared, sigue sonando Lady Gaga.
Vuelvo a la plaza, el niño está sentado contando las monedas de su latita, un señor se acerca y le entrega una botella semivacía con soda, un guardia municipal lo mira y sigue hacia el puesto de periódicos, cruza la vereda y pregunta algo que no escucho mientras habla por el handie. Busco una silla vacía, unos niños corren, algunos con globos en la mano, otros tratan de agarrar palomas con los brazos extendidos, se han encendido las luces de los faroles, iluminan los árboles, las hojas caídas, un par de viejitos preguntan una dirección, tres cuadras más arriba, van de la mano, él con un bastón, ella un chal blanco.
Llega con el bolso al hombro y un cuaderno, hablamos un rato, pregunta si ha pasado algo interesante, me quedo callado, veo a los costados y respondo: algunas cosas, vamos a “Café 24”, nos sentamos, toca una canción de Bosé, pedimos unos café cortado, la noche va cayendo, veo los faroles encendidos mientras en la plaza los niños juegan.